Acueductos y la construcción de la identidad territorial en el México virreinal: el caso de Zempoala

Vadala, D.

Retirado de: http://convergencias.esart.ipcb.pt

RESUMEN: Los españoles encontraron en las tierras altas de América Central el escenario ideal para la expansión de su influencia económica y política, al tiempo que mejora el sentido monumental del entorno construido ya desarrolladas en la Península Ibérica. Esto es especialmente demostrado por la cantidad impresionante de obras hidráulicas en México colonial, desde la segunda mitad del siglo XVI, la expresión de un grupo dominante que - Cuando la búsqueda de soluciones prácticas para la vida cotidiana - intenta así introducir diferentes hábitos y códigos formales, por el que se una marca permanente en los territorios colonizados. Estas infraestructuras transmiten al mismo tiempo un sentido de comunidad que estaba claro a Francisco de Tembleque el fraile franciscano español que se dedicó a la construcción de la primera de estas acueductos – por llevar el agua desde el Cerro Tecajete, cerca de Otumba, hasta el pueblo de Zempoala - mezclando las tradiciones locales con sugerencias adquirida en España.

 

PALABRAS CLAVE: México virreinal, culturas hidráulicas, Francisco de Tembleque, mampostería, tezontle, estructuras cohesivas, división del trabajo, financiación de obras públicas.

ABSTRACT: The Spaniards found in the uplands of Central America the ideal setting for expanding their economic and political influence, while improving the monumental sense of the built environment already developed in the Iberian peninsula. This is especially proven by the impressive amount of hydraulic works in colonial Mexico since the second half of XVI° century, expression of a dominant group that - when finding practical solutions to everyday life - tries as well to introduce different habits and formal codes, laying a permanent mark upon the colonized territories. These infrastructures convey at the same time a sense of commonality that should have been extremely clear to Francisco de Tembleque the Spanish Franciscan friar who devoted himself to the construction of the first of these aqueducts - bringing water from the Cerro Tecajete, near Otumba, till the village of Zempoala – mixing local traditions with suggestions from the motherland Spain.

 

KEYWORDS: Viceregal Mexico, hydraulic cultures, Francisco de Tembleque, masonry, volcanic rock, cohesive structures, división of labour, public works financing.

Fig. 1 – El Acueducto de Zempoala, Fotografía par Josef Otto

 

1. Francisco de Tembleque

En el valle de Méjico pues, las obras hidráulicas destinadas al sustento de comunidades indígenas destinadas a ampliarse bajo la onda migratoria, hacen de vehículo de un sentimiento colectivo que hace aceptable para los pueblos indígenas la idea de compartir territorio y recursos con los colonizadores que, no siendo ya extranjeros, son ahora considerados miembros de una familia común: “Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” (Pablo, Efesios, 2:19). Esta idea de “conciudadania” debía estar muy clara en la mente de Francisco Tembleque, el franciscano español que se hizo promotor de la construcción, bajo muchos aspectos ejemplar, del que habría sido el primero de estos acueductos, para llevar agua, desde el cerro de Tecajete, de donde salía el agua, hasta el pueblo de Otumba. [1]

El franciscano, originario de la ciudad de Tembleque en la región española de Castilla La Mancha, viene descrito así por su hermano Fray Jerónimo de Mendieta: “Frai Francisco de Tembleque, de sesenta años. Es confesor de españoles y de los indios, confesor y predicador en la lengua mejicana. Ha sido guardián en las casas principales y ha hecho obras notables en ornato de las repúblicas de los indios”.

El fraile Francisco, muy cercano a la comunidad indígena, debería ser bien consciente de que el aprovisionamiento de agua corriente habría revestido una importancia crucial en una región de clima árido como evidencia el preciso testimonio del fraile Jerónimo reportado del geógrafo Alain Musset: “nos dice Mendieta que Otumba estaba ubicado en una región semidesértica, que carecía de agua. Además, el ganado de los españoles bebía en los jagüeyes de los indígenas, con lo que ensuciaba y contaminaba el agua. Para el padre Tembleque, la única solución era traer el agua potable de lejos. Al parecer, nunca pensó en prohibir que el ganado tuviera acceso a los jagüeyes”. [2]

Que esta preocupación fuera real lo evidencia todavía Musset, detectando como en Otumba, el florecer de esos flujos comerciales regionales e intercontinentales contribuyeron a acentuar el problema ya sensible del abastecimiento de agua potable: “En el mejor de los casos, los viajeros no paraban en un pueblo en donde faltaba el agua, aunque eso suponía que Otumba no sacaba ningún provecho de su ubicación estratégica en una de las rutas más importantes de Nueva España. En el peor, se paraban y les robaban el agua a los indios”. [3]

La importancia estratégica de la obra viene contada del fraile que, respondiendo a algunas cuestiones de las autoridades locales, resalta sobretodo la relevancia del acueducto situado en el Camino Real que va de México a Veracruz, verdadero cordón umbilical entre la metrópoli y su colonia:

”Como buen pastor y buen dialéctico, Tembleque hace hincapié en el hecho de que el acueducto serviría a la vez para los indígenas y para los viajeros del Camino Real, dado que se estaban construyendo fuentes y pilas de agua potable a lo largo de toda la obra Todavía se puede ver una de esas cajas de agua en la entrada del pueblo de Otumba, pero también en Zempoala y en las dos extremidades de los arcos de Tepeyahualco”. [4]

A través de la información conservada en Sevilla sabemos sobretodo que Tembleque se encarga de la dirección de la obra, jugando un papel fundamental en la determinación del trayecto del acueducto, y en la búsqueda de las fuentes más adecuadas. Hizo muchos recorridos por la zona para medir el terreno y escoger los pasos más practicables (pregunta seis, fol. 73 v.).

 

Fig. 2Engineering news and American railway journal, vol. XX, July-December 1888

 

El trabajo duró por lo menos 17 años; cinco de ellos fueron necesarios para la parte que cruzara el barranco de Tepeyahualco, arriba del río Tecocomulc. Tembleque cumplió su meta pese a lo que predecían las autoridades religiosas y la administración colonial, para quienes el acueducto nunca podría llevar agua al pueblo de Otumba, dada la disposición del terreno: se pensaba que las fuentes estaban a menor altura que el pueblo de Otumba, pero en realidad hay una diferencia de nivel de 250 m. Tenía así lugar, pese a un declive muy débil (7%), el derrame del agua. Como indica finalmente Musset: “ A simple vista, sin instrumentos para medir con precisión, era necesaria la fe de Tembleque para pensar que la obra fuera posible”. [5]

Para entender como el diseño del gran acueducto surgiese en la mente de Fray Tembleque, no es difícil suponer que recordase el gran acueducto de Segovia, quizás visto por él en primera persona. Aun habiendo sido realizado con técnicas murarias completamente diferentes, parece plausible que la imagen del gran acueducto romano continuó actuando como principio formal al que anclar las preocupaciones del fraile, que eran más de orden práctico y organizativo que de búsqueda estética, a partir de la necesidad de desarrollar a lo largo de todo su curso, todos sus elementos funcionales de base: “El acueducto empieza como un canal o “apantle” y en su mayor longitud es un caño rectangular de 36 cm de ancho y 20 cm de altura, tenía una cubierta de lajas cementadas como techo de dos aguas de 1,4 m de ancho. A lo largo de su trayecto tenía trampas para depositar las arenas y también cajas de agua para conceder salidas laterales”. [6]

El acueducto monumental pronto llegó a ser legenda, junto con su promotor que si bien había llevado adelante la obra en eremítica soledad, según la célebre anécdota a que se refiere Juan de Torquemada: “En esta obra tan grande y penosa no tuvo el buen padre más compañero que un gran gato pardo que cazaba de noche y al amanecer traía a su amo la caza que había hecho de conejos o codornices para la comida de aquel día, que parece cosa increíble pero es purísima verdad. [7]

 

Fig. 3Engineering news and American railway journal, vol. XX, July-December 1888

 

La anécdota del gato pardo se presenta de manera diferente en la obra de Vetancurt, Teatro Mejicano: “algún día, el alcalde mayor Don Juan Cavallero vino a verlo para tratar de persuadirle de que todos sus esfuerzos no servirían para nada, puesto que los manantiales del Tecajete estaban supuestamente situados a un nivel más bajo que el pueblo de Otumba. Entonces apareció el gato pardo trayendo un conejo para el padre. Cortésmente Tembleque pidió otro conejo para el visitante y para su gran sorpresa el animal le obedeció. Para Cavallero no cabía duda alguna: el fraile estaba bajo la protección de los santos”. [8]

Musset resalta como en su obra Vetancurt repite gran parte de las informaciones de Mendieta, y añade muchas cosas, a veces inspirándose en Torquemada. “Se construyeron tres puentes: el primero de 46 arcos, el segundo de trece, y un tercero, el de Tepeyahualco, cuyo arco central a los que lo ven causa asombro, que si fuera paso podía por debajo de el pasar un navío de porte a vela tendida. La perfección de la obra era tal que 140 años después de acabada, no había ninguna piedra rota y no se podía encontrar ninguna hierba entre las piedras”. [9]

Muy temprano, el acueducto de Tembleque se convirtió en un lugar “turístico”, y los relatos de los admiradores de la obra del franciscano abundan. Ya en 1585, fray Alonso Ponce al visitar los conventos de la provincia franciscana quiso ver los famosos arcos: “Entre Tepeapulco y Cempoala, no lejos del camino, están los arcos tan nombrados de Tembleque, por los cuales pasa por una barranca muy honda el agua que va encañada desde Cempoala a Otumba. Fueros a ver el padre comisario, y causan admiración porque son altísimos, muy bien sacados y vistosos: son tres, uno encima del otro, y así viene a estar el último muy alto, y con tener esta altura, no tiene de grueso la pared más de nueve pies (...) Es toda agua maravillosa”. [10]

 

Fig. 4 – El caño del acueducto

Fotografia par Josef Otto

 

La funcionalidad hidráulica de la que debía estar dotado el sistema puede deducirse de la correcta interpretación de sus datos geométricos fundamentales:

“el caño que conduce el agua mide 36 cm y 20 de altura, en cuanto a la pendiente total resulta del orden de 0.52 % (218/42,000), el radio hidráulico resulta de 9.47 cm y coeficiente de rugosidad de 0.033, considerando que es una mampostería con un aplanado tosco. Conforme a la fórmula de Manning se estima que el acueducto suministraba un caudal del orden de 2.500 metros cúbicos por día…La información disponible demuestra que el desnivel de 218 m entre el manantial de Tecajete y Otumba fue suficiente para lograr la funcionalidad del acueducto; el cual suministró a los pueblos de Otumba y Zempoala, así como a las tomas laterales, unos 2.500 metros cúbicos de agua por día durante su vida útil de casi 300 años; caudal suficiente para el consumo humano y el riego agrícola. Si el mencionado desnivel fue de 300 m, el caudal aumentaría a unos 3.000 metros cúbicos por día”. [11]

 

 

2. El fruto de una tecnología colectiva

La crónica de Mendieta, como de los cronistas sucesivos, no da idea de que esta obra, extendiéndose 37 kilómetros y comprendiendo cuatro tramos distintos de arcos, pudiese ser en realidad solo el resultado de un intenso esfuerzo colectivo. Aún no habiendo duda, de hecho, de que la fe y la capacidad organizativa de su promotor haya sido una parte fundamental en la construcción de esta obra, el aporte decisivo vino de la maestría de las técnicas constructivas locales por parte de los operarios indios, de los cuales Tembleque tuvo un soporte incondicional: “un frailecillo sin dinero ni conocimientos arquitectónicos, pero que disponía de una mano de obra al parecer muy cualificada. Como dice el mismo Mendieta: “ni él pudiera disponerse a semejante obra, si no fuera con inspiración y particular auxilio de la gracia divina”.

Por tanto, la singular personalidad de Tembleque parece sobretodo el medio a través del cual una comunidad entera realizaba no un simple acueducto, sino un verdadero y propio monumento conmemorativo de una civilización novohispana, donde compartir espacio y recursos naturales ofrecía la posibilidad de realizar una más amplia construcción social, basada en la hibridación de culturas y grupos étnicos diversos.

A la luz de esto se puede acordar plenamente que “la arquitectura del acueducto de Tembleque puede haber sido española, pero su ingeniería es Azteca. El arco era desconocido en el Nuevo Mundo antes del siglo XVI pero la mampostería no lo era”. [12]

Esta consideración en efecto, refleja los motivos que están en la base de la perfección de una obra, donde una clara visión estética de matriz clásica casa con un conocimiento tecnológico exquisitamente local, que definiríamos bottom-up, basado en la maestría de materiales y técnicas constructivas que continúan siendo practicadas hoy en día en un área cultural muy amplia que va de América central al sur de los Estados Unidos.

Los materiales que se utilizaron en el acueducto fueron: el basalto y el tezontle que abundan en la zona, en piezas labradas en las aristas de las pilastras y arcos, la cal que se debió llevar de caleras lejanas y las arenas volcánicas abundantes en la cercanía. Pero el aspecto más relevante reside en la técnica utilizada, un tipo particular de mampostería, que confiaba en la utilización de las arenas puzolánicas naturales que reaccionando con la cal pudieron dar una resistencia excepcional al particular mortero hidráulico que se utilizaba en la estructura muraria.

La que emerge, por tanto, visiblemente en las arcadas del acueducto es un tipo de concepción estructural que, más que confiar en la gravedad y por tanto en el equilibrio mecánico entre bloques de piedra adyacentes, confiaba mayormente en la cualidad cohesiva proporcionada por las juntas de mortero.

Gloria Fraser Gifford ha sacado a la luz cuánto este género de mampostería – realizada con bloques de distinta dimensión, dispuestos de forma irregular y con abundante mortero – estuvo bien maestreada en el México prehispánico, junto con los particulares dispositivos dispuestos para proporcionar una ulterior resistencia al mortero y cohesión interna a la estructura:

“una argamasa de adobe, que contiene tal vez fibras vegetales (principalmente paja), se usaba entre los constructores Puebla, que descubrieron cómo la resistencia de un muro podía aumentar si el mortero se prensaba entre las piedras después de que el muro fuera levantado.  El basalto, recogido en pequeños pedazos o reducido a dimensiones útiles, era comúnmente usado para ejecutar muros de carga y para cimentaciones, como también lo eran la caliza y la arenisca. En parte por objetivos estéticos y en parte por asegurar la estabilidad de la estructura, los operarios combinaban, tal vez, los muros de piedra cortada según bloques regulares con los realizados con mampuesto irregular. Las esquinas normalmente se realizaban con sillares para crear una superficie en ángulo perfectamente plana y regular, creando de este modo un contraste interesante entre los bloques a escuadra de las esquinas y la textura irregular de los muros de mampuesto del resto de la fábrica”. [13]

 

Fig.5 – El arco central

Fotografía par Josef Otto

 

Además, los albañiles de la Nueva España resucitaron una técnica constructiva usada largamente por los romanos y por los árabes en toda España, construyendo, poco después de ellos, dos sutiles superficies murarias para después verter entre ambas el mampuesto irregular junto con el mortero de cal. En este tipo de técnica las dos superficies murarias vecinas se mantenían juntas gracias a elementos transversales de madera o de piedra de forma alargada, llaves con función de enlace.

Esta concepción “cohesiva” de los muros, practicada durante siglos en la cuenca del Mediterráneo, en regiones tradicionalmente privadas de piedra de sillar, estaba, en cambio, difundida en Méjico, en la construcción de acueductos, e incluso en ciertas construcciones religiosas, como la Iglesia de la Misión de San Javier vecina Tucson (Arizona) o la Purísima Concepción a Caborca (Sonora), edificios realizados con muros de mampostería rellena, una técnica que continúa siendo usada hasta el día de hoy en México. [14]

Es propiamente en el conjunto de estos dispositivos que son sintetizados y llevados a niveles elevadísimos de maestría en los grandes arcos del acueducto de Tembleque, donde una concepción estructural rigurosamente cohesiva caracteriza en todos sus aspectos la obra: tanto en el uso generalizado de una mampostería de piedra irregular y abundante mortero con función de ligante, como en las esquinas realizadas con bloques a escuadra de basalto, que asumen el papel fundamental de la estabilidad estructural y la regularidad geométrica de pilares y arcos. También el uso de llaves de enlace es visible en ciertos nudos cruciales de la estructura, como en el punto de retranqueo de los pilares entre la arcada inferior y la superior.

Pero los elementos que caracterizan la obra y su extraordinariedad tecnológica no se agotan aquí: de hecho, difícilmente se podrían haber puesto en obra los arcos sin el uso del todo particular de cimbras realizadas con muros de adobe en todo su espesor.

La existencia de esos enor-mes muros de adobe que se pueden ver hoy en día entre los arcos, son otra prueba de que se emplea-ron, para su construcción, técnicas indígenas y pre-hispánicas, todavía hoy difundidas en la construcción tradicional, tanto en Méjico como en el sur de los Estados Unidos, y que representan seguramente una excepción en grandes obras como puentes y acueductos. El procedimiento para conformar los arcos con dovelas en acueductos y puentes consistía, desde la época romana, en colocar las dovelas sobre cimbras de madera que descansaban en cuñas de madera sobre los capiteles de las pilastras; una vez colocadas las dovelas se retiraba la cuña y se producía el reajuste de las piezas.

La técnica para los arcos y bóvedas de hormigón de cal difiere en que la cimbra debía permanecer hasta que el hormigón alcanzara la resistencia necesaria, al retirar la cimbra también se producía una cierta pequeña deformación de reajuste.

El motivo por el cual en el acueducto del Padre Tembleque se recurrió a muros de adobe como cimbra en vez de a las tradicionales estructuras ligeras de madera lleva a imaginar que carecía de carpinteros diestros y que la madera fuera escasa. Se puede imaginar también que la gran cantidad de mano de obra disponible fuese principalmente o exclusivamente especializada en la mampostería en piedra y en bloque de adobe. Se conservan restos de esa cimbra que para los arcos altos se apoyó sobre una mampostería tosca.

 

 

3. Las respuestas de Tembleque: el financiamiento colectivo de la obra y la organización del trabajo

El documento presentado por Musset en 1988 representa un precioso testimonio para comprender el contexto específico y las condiciones de trabajo que rodean la obra de Tembleque, más allá de los aspectos legendarios de su construcción dictados por cronistas como Mendieta y Torquemada:

“La información trata de una petición de los indios de Otumba que quieren ser relevados del tributo pagado a la Corona, dado que están construyendo un acueducto con el que van a traer a su pueblo el agua potable que necesitan; éste les cuesta mucho trabajo, y además gastan en su realización gran parte de sus ingresos. En el marco de la información encomendada al juez Alonso de Bazán, y registrada por el escribano de su Majestad Alonso de Quadro, se convoca a muchos testigos que tiene que contestar a quince preguntas sobre la región de Otumba y de su falta de agua; sobre la situación económica de los habitantes del pueblo; sobre las técnicas utilizadas en la construcción del acueducto; sobre el tributo y sus consecuencias para los indígenas; sobre los problemas que tienen que enfrentar los mismos indígenas por culpa de este trabajo.” [15]

Por tanto, el aspecto milagroso de la obra del fraile Tembleque, se reduce o mejor, se precisa en su entorno real, a través del conocimiento de las condiciones sociales particulares en la división del trabajo, que favorecieron la realización de esta extraordinaria obra coral:

“Cuando habla del acueducto y de su construcción, otro punto muy importante del interrogatorio, el padre Tembleque nos brinda mucha información que los historiadores y los cronistas de su época no recordaron. Según él, en efecto, 300 o 400 hombres eran necesarios para trabajar en la obra diariamente; 300 o 400 indios olvidados por la historia, pero que idearon sin duda alguna la estructura del edificio, dado que Tembleque no conocía nada de arquitectura ... El número de obreros empleados en la obra parece enorme, y aunque no se conoce exactamente el promedio de población de la región de Otumba, se puede pensar que la mayoría de los hombres sanos participaba en esta tarea”. [16]

Por tanto, el aspecto milagroso de la obra del fraile Tembleque, se reduce o mejor, se precisa en su entorno real, a través del conocimiento de las condiciones sociales particulares en la división del trabajo, que favorecieron la realización de esta extraordinaria obra coral:

“Cuando habla del acueducto y de su construcción, otro punto muy importante del interrogatorio, el padre Tembleque nos brinda mucha información que los historiadores y los cronistas de su época no recordaron. Según él, en efecto, 300 o 400 hombres eran necesarios para trabajar en la obra diariamente; 300 o 400 indios olvidados por la historia, pero que idearon sin duela alguna la estructura del edificio, dado que Tembleque no conocía nada de arquitectura…El número de obreros empleados en la obra parece enorme, y aunque no se conoce exactamente el promedio de población de la región de Otumba, se puede pensar que la mayoría de los hombres sanos participaba en esta tarea”. [17]

Pero el aspecto seguramente más extraordinario de la obra, desde el punto de vista de la organización del trabajo, está en la forma de participación colectiva tal que hace pensar que, cuando se trataba de un trabajo común, de la importancia del acueducto de Zempoala, todos participaban en el esfuerzo:

Pero el trabajo de los hombre es una cosa; no se puede olvidar por otra parte el trabajo de las mujeres ... Así, mientras que los hombres trabajaban en levantar los arcos monumentales, o cavaban la tierra para colocar en su lugar el caño de agua, las mujeres se quedaban en casa para tejer telas de algodón que vendían después en los tianguis. El dinero que percibían de la venta de esas mantas (producto típicamente indígena, que reflejaba la persistencia de una tradición prehispánica) servía para comprar los materiales que no se encontraban en el territorio de Otumba, como la cal, por ejemplo (fol.76). Este tipo de financiamiento no era muy frecuente en la época colonial; cuando se trataba de la construcción de un acueducto generalmente el dinero provenía de las autoridades virreinales, del cabildo de una ciudad, o de una orden religiosa. El caso del acueducto de Tembleque es muy específico, y eso le da un valor histórico aún más importante”.

 

Fig. 6 – Cimbra de adobe

Fotografia par Josef Otto

 

Las particulares condiciones de financiación de una obra que, por su importancia, viene echa por la colectividad entera, más que representar un aspecto secundario, se revelan fundamentales para la realización de la propia obra, asumiendo una importancia decisiva en su propia conformación. A la luz de este particular tipo de financiación colectiva, se explica de hecho plenamente el recurso a un tipo de tecnología muraria que – ya eficazmente experimentada en el área cultural en objeto – podemos juzgar “pobre” desde el punto de vista de los cánones codificados de la arquitectura occidental contemporánea, en gran parte basada en la distribución de las cargas al terreno a través de obras en piedra de sillar donde el mortero asumía una función secundaria.

En cambio, como se ha dicho, esta revisita novohispánica de una antigua técnica de construir mediterránea, confiaba, en gran parte, en la capacidad cohesiva del mortero puzolánico y en el uso generalizado de los muros de adobe como cimbras, ambas técnicas sencillas y probadas, con un alta densidad de mano de obra, que ha hecho posible una obra extraordinariamente ambiciosa como es un acueducto que atravesaba tres barrancos, entre ellos el de Tepeyahualco, particularmente ancho y hondo, y para el que se necesitaban arcos de mampostería y materiales caros debido a su escasez.

 

Fig. 7 - Geometria del los arcos, da E. Santoyo V., E. Ovando S.

Fuenta: Tomado de O. Valdéz, El Padre Tembleque, 2005)

 

El problema de la financiación de la obra, a raíz de la petición hecha por los indios de Otumba, es por lo tanto esencial para entender la obra. Desafortunadamente, el padre Tembleque no contesta directamente a la pregunta del juez sobre los problemas que tienen que afrontar los indígenas por culpa de este trabajo, así que no se pueden calcular los gastos realizados por los mismos indígenas.

Todo lo que dice Tembleque es que la obra cuesta más cara que lo que se puede pensar, y que va a costar aún más porque faltan todavía las partes más difíciles (pregunta ocho, fol.74). A pesar de todo, la Real Audiencia, en el parecer enviado al Real Consejo de las Indias, calcula que se gastarán en la obra un total de 20 mil pesos, y que ya los indígenas han pagado 15 mil pesos para comprar sus materiales (el texto es de 1562-fol. 93). Puesto que según la misma fuente, los indios de Otumba pagaban cada año 2500 pesos de tepuzque como tributo, se puede ver la cantidad enorme de dinero invertido en la obra”. [18]

 

4. Conclusiones

Más allá de cualquier interpretación más precisa que pueda darse en un futuro acerca del problema de la financiación, queda el hecho de que su presencia, de la que son responsables aquellos que realizaron materialmente la obra, confirma a la carta aquellas palabras de San Pablo: “Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu (Pablo, Efesios, 2:20-21-22). Es una profecía que se materializa enteramente en una construcción que, en las intenciones de su fundador, es sobre todo una obra de evangelización grande y concreta.

Por lo tanto, tiene un significado más profundo el diseño monumental de la Arquería Mayor, en las cercanías de Tepeyahualco, con aquellos cinco nichos en el arco central, evidentemente realizados para alojar imágenes religiosas, un conjunto de retablos abiertos al paisaje.

Estos nichos que, en el caso de un acueducto común representarían otra enigmática presencia, son en realidad el mensaje más claro devocional de aquel humilde frailecillo que “se detuvo en edificar un altísimo puente o arco por donde pasase el agua, sobre un hondo y ancho barranco, que se puede contar entre las obras señaladas del mundo. Allí edificó para su habitación, por el tiempo que durase la obra del arco, una devota ermita dedicada a la Natividad del Señor, y la llamó Santa María de Belén, donde decía misa y doctrinaba y consolaba a los indios de la obra. En ella no tuvo otro compañero durante cinco años sino un gran gato pardo”. 19

 

Agradecimientos

Quiero dar las gracias  a la arquitecto Nuria Tamarit Fuertes, por el valeroso labor de consultoría linguística en la traducción al español.

 

Notas

[1] En su totalidad el acueducto alcanza 34 km de largo,  los arcos de Tepeyahualco en su punto más elevado miden 38.75 m. El arco central tiene 17m de ancho. Para todas las medidas esenciales del acueducto, uno puede referirse al estudio del arquitecto D. Ricardo Bodina, en el libro de Octaviano Valdés, El padre Tembleque, México, Toluca, BEEM, 1979 (primera edición: 1945).pp. 164-170.

[2] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, México, Porrúa, 1971, pp. 697-699. Citado en Alain Musset “El acueducto de Zempoala: las respuestas de fray Francisco de Tembleque” en Historias n.19, Oct 87/Mar 88.

Alain Musset ha dedicado diversos libros a la gestión del agua en el Valle de México, sacando a la luz, más allá de las numerosas leyendas, el papel ejercitado por Francisco de Tembleque en la construcción del acueducto. El estudio de Musset analiza en particular las respuestas dadas por el fraile a cinco cuestiones de las autoridades locales sobre algunas cuestiones relativas a la comunidad indígena y precisamente “sobre la región de Otumba y su falta de agua; sobre la situación económica de los habitantes del pueblo; sobre las técnicas utilizadas en la construcción del acueducto; sobre el tributo y sus consecuencias para los indígenas; sobre los problemas que tienen que afrontar los mismos indígenas por culpa de este trabajo”. La información estudiada por Musset se encuentra en un manuscrito del Archivo General de las Indias de Sevilla, registrado bajo el número 1029 del Ramo Justicia. El título completo es Información hecha por D. Luis de Velasco Virrey de Nueva España, sobre lo tocante al agua que se lleva al pueblo de Otumba.

[3] A. Musset, op. cit.

[4] A. Musset, op. cit.

[5] A. Musset, op. cit.

[6] Enrique Santoyo V., Efraín Ovando S., Acueducto del Padre Francisco de Tembleque Descripción Ingenieril de esta Notable Obra del Siglo XVI http://www.tgc.com.mx/articulos/ACUEDUCTOT.pdf

    Ignacio González Tascòn, Ingeniería Española de Ultramar (Siglos XVI–XIX), MOPT y Col. de Ing. de Caminos, Canales y Puertos. Madrid España, 1992.

[7] Juan de Torquemada, Monarquía Indiana. De los veinte y un libros rituales y monarquía indiana, con el origen y guerras de los indios occidentales, de sus poblazones, descubrimiento, conquista, conversión y otras cosas maravillosas de la mesma tierra. Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) México, 1975.

[8] Agustín de Vetancurt, Teatro Mexicano: descripción breve de los sucesos ejemplares, históricos y religiosos del Nuevo Mundo de las Indias. Crónica de la Provincia del Santo Evangelio de México. Menologio franciscano de los varones más señalados, que con sus vidas ejemplares, perfección religiosa, ciencia, predicación evangélica en su vida, ilustraron la Provincia del Santo Evangelio de México. México: Editorial Porrúa, 1971.

[9] A. Musset, op. cit.

[10] Antonio de Ciudad Real, Tratado curioso y docto de las grandezas de Nueva España, México, UNAM,1976, T. I,p. 71. Citato in Musset Según Musset, el acueducto terminó de servir hacia 1800.

[11] Enrique Santoyo V., Efraín Ovando S., op. cit.

[12] William E. Doolittle, “Expanding the European Landscape: Aqueducts and the Spanish Usurpation of México”, Zoran Roca, Paul Claval, John A. Agnew, (de.) Landscape, identities and Development, Ashgate Publishing, Farnham, UK 2011. El autor destaca la falta de huellas de mantenimiento, sorprendente en un área fuertemente sísmica y recuerda como Tembleque empleó mano de obra de Texcoco y Tenochtitlán donde los aztecas ya habían realizado unos acueductos.

[13] Gloria Fraser Giffords, Sanctuaries of Earth, Stone, and Light: The Churches of Northern New Spain, 1530-1821, The University of Arizona Press, 2007, Tucson, Arizona, US.

[14] G. Fraser Giffords, op. cit.

[15] A. Musset, op. cit.

[16] Al final de cuentas, Alonso de Bazán propuso suspender el pago del tributo de los indígenas de Otumba durante trea años (fol. 92 v.). El virrey y la Real Audiencia aceptaron la propuesta, pero en 1562 (fol. 93), es decir cuatro años después de la visita del juez al acueducto. A. Musset, op. cit.

[17] A. Musset, op. cit.

[18] A. Musset, op. cit.

[19] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, (1596), México, Porrúa, 1971

 

Referencias Bibliográficas

René  Acuña (ed.), Relaciones geográficas del siglo XVI, México DF, Publicaciones UNAM, 1986.

Karl W. Butzer; Barbara J. Williams, “Addendum: Three Indigenous Maps from New Spain Dated ca. 1580”, in Annals of the Association of American Geographers, Volume 82, Issue 3, The Americas before and after 1492: Current Geographical Research (Sep., 1992), 536-542.

Antonio de Ciudad Real, Tratado curioso y docto de las grandezas de Nueva España, México, UNAM,1976, T. I,p. 71. Citato in Musset

William E. Doolittle, “Expanding the European Landscape: Aqueducts and the Spanish Usurpation of México”, Zoran Roca, Paul Claval, John A. Agnew, (de.) Landscape, identities and Development, Ashgate Publishing, Farnham, UK 2011.

Gloria Fraser Giffords, Sanctuaries of Earth, Stone, and Light: The Churches of Northern New Spain, 1530-1821, The University of Arizona Press, 2007, Tucson, Arizona, US.

Leonardo F. Icaza Lomelì “ Mudejerías novohispanas del agua” junto al “Glosario de términos hidráulicos”, en el Boletín de Monumentos Históricos, tercera época, num. 16, Mayo-Agosto 2009.

Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, (1596), México, Porrúa, 1971

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